
Son las tres de la tarde y el bar Sócrates -en la esquina de Pedro Goyena y Puan- está repleto. Martín se sienta afuera, piensa y escribe. El desorden de la mesa llena de hojas desparramadas no coincide con la tranquilidad de su lectura. Entre la taza con café y el vasito con agua -todavía lleno- se encuentran textos con anotaciones y algunos libros. La gente habla mientras él lee y anota en su agenda: 15:32 Ema la cautiva, leí 92 páginas.
— Paso todo mi tiempo en bares. Veo fútbol por televisión, me junto a conversar, como, preparo clases, leo el diario, en los bares. Es un lugar donde me gusta estar. Y en cambio, deploro estar en casas, no me gusta, me canso rápido, me siento encerrado, al poco tiempo me quiero ir de una casa, quiero salir. No soy un escritor de bares, soy una persona que está siempre en bares y que a veces, entre otras cosas, escribe.
Esos bares constituyen el Buenos Aires donde nació en el '67, vivió y se formó. «Me siento como en casa en Buenos Aires, y en ninguna otra parte que conozca. Puedo sentirme cómodo, bien recibido, incluso a gusto en otros lugares; pero solamente en la ciudad en la que viví toda mi vida, la que conozco de punta a punta, accedo al don de la pertenencia». Según define, su trabajo es “leer, leer y formar lectores que a su vez puedan tomar de sus lecturas recursos para escribir”. Y eso hace en la Facultad de Filosofía y Letras donde es profesor de Teoría Literaria.
— Presiento que los escritores que admiro (entre los argentinos: Borges, Saer, Piglia, Aira) estarían poco dispuestos a dictar un taller de escritura creativa. Me dirían que haga lo que hago: aprender de ellos, leyéndolos. Creo que la lectura está, en términos de valores sociales, al mismo tiempo más arriba y más abajo de donde debería estar. No sos mejor ni estás por encima de nadie si leés. Hay que dejar de endiosar a la lectura.
Con un ademán de manos pide la cuenta. Lleva puesto una chomba naranja, un pantalón de jean azul y zapatillas marca Adidas. Sus anteojos redondos están un poco sucios como sus apuntes.
— Es interesante la palabra misma, “marca”; porque es también eso, una marca, una marca social, una marca de clase. Yo estaba desfasado en algunos ámbitos, porque vengo de una clase media más bien desvencijada.
Martín tuvo infancia de barrio, en la que supo asumirse judío frente a la discriminación. De niño sus amigos de la cuadra se encontraban en una contradicción en que “me querían y a los que yo quería, sufrían por el odio que les habían enseñado”.
— Entre las numerosas formas de ser y asumirse judío, Hannah Arendt señala precisamente esa: la de la identidad que se afianza ante el señalamiento del agresor, sentirse judío (o sea, serlo) frente a la hostilidad. Me reconozco en ese criterio, y hasta es el que más me funciona. Hoy por hoy, me considero absolutamente dispuesto a todas las conversaciones, a todos los debates, a todos los intercambios; mi límite son los antisemitas. Me crucé con un par en el último tiempo: es el único interlocutor al que refracto.
Anota, paga la cuenta y se va. 16:27 Escribí dos capítulos. Es la hora de la clase.
El aula 108 “Ernesto Che Guevara”, del primer piso, es un bullicio. Las sillas negras desordenadas con números poco visibles y pizarrón blanco -como en todas las aulas grandes- que ya parece gris por las marcas decoran el lugar. En las paredes hay rostros de compañeres desaparecidos en la dictadura. Martín entra y el aula queda en silencio, saluda y comienza a hablar. La conversación con los estudiantes el fluída y Martín se limita a exponer y no buscar romper con otros discursos. «La materia a la que yo me dedico es literatura, de hecho trabajo en esa relación entre literatura e historia, así que supongo que a la hora de reflexionar sobre el pasado, de construirlo, discutimos modelos de sociedad, de identidad». Trabaja en educación desde hace años. Dió clases en colegios secundarios y trabajó en la Universidad de Buenos Aires y de la Patagonia en Chubut.
— La educación tiene un panorama que por un lado tiene la potencia de los docentes, con su pasión, que todavía se sostiene, ese gran proyecto de educación pública, y junto con eso, una desatención, un descuido, un abandono político por ella, que es verdaderamente alarmante. Todos se llevan a la boca la palabra “educación”, pero los sueldos siguen siendo miserables. Es alarmante el modo en que la sociedad argentina se consagró el sacerdocio de los docentes, la idea de que nuestro trabajo no tiene porqué pagarse de manera digna.
La clase termina y Martín se queda un poco más respondiendo consultas. Al rato se queda solo con su agenda en el aula vacía. 18:40 Preparar exámenes. Se va.
Lee y piensa. Está sentado en una silla que da al balcón de su departamento. Su gato, Dumas, lo mira desde el sillón. «En mi casa tengo internet demasiado a mano para mi gusto. Estoy siempre conectado o con la conexión al alcance. Para mí, al menos, eso supone más distracción, más dispersión, más interrupciones. Leer con menos poder de concentración, es decir, peor» Mientras, una biblioteca también lo mira desde atrás. En ella conviven Emma Zunz, Hombre de la esquina rosada, El sur, El Aleph, La intrusa, La muerte y la brújula, todas obras de Borges. “¿Por qué? Porque son perfectos”. Para él Borges es «la literatura entera, en un solo autor».En otro estante Ciencias morales -novela con la que ganó el Premio Herralde en 2007 y que fue llevada al cine en 2010-, Cuentas pendientes, Bahía Blanca y Fuera de lugar, como aportes propios, sus creaciones.
- Hablaría de escribir, más que de “creación”. Creo que uno antepone la pasión de la escritura porque le resulta placentera, no porque deba suponer que está haciendo algo “importante”. No me pienso nunca en términos de escritor ni de trayectoria porque no es esa mi relación con la literatura. Me relaciono leyendo y escribiendo, porque me gustan ambas cosas. La trayectoria, en todo caso, se hace sola. Sí pienso, en cambio, en lo que tengo que leer o escribir, que me proporciona una felicidad tremenda.
Levanta un poco la cabeza y mira la televisión.. Solo se permite una distracción. Mira y anota. 20:15 Boca v Godoy Cruz. 15’ del segundo tiempo.
— Creo que no tengo pasiones que no admitan ser explicadas, que no puedan respaldarse con argumentos, que no puedan ser puestas en palabras racionales. Tal vez Boca sea la única excepción. Nunca me descontrolo, salvo en la cancha o viendo fútbol. No soy un enardecido, pero en mi escala es un desborde: grito, tengo expansividad corporal. Así y todo, tengo un control: en 20 años llevo 5073 horas dedicadas a mirar fútbol. Lo tengo anotado, porque es tiempo que le saco al trabajo.
Comentarios
Publicar un comentario